DE OLIMPIA A CAGUACH: LO DIVINO COMO METÁFORA, LA GLORIA COMO PROMESA

24 de Agosto, 2025 Religiosidad
Imagen noticias Wapi Chilwe

El viejo mundo conoció la gloria del cuerpo. Los griegos, desde niños, lo cultivaban como si fuera un templo, como si en cada músculo habitara un dios. Los juegos no eran solo competencia, sino rituales donde la carne se hacía ofrenda: cuerpos tensos, venas palpitantes, juventud convertida en eternidad. Roma heredó ese gesto, y el cristianismo, aunque pretendía separarse de él, terminó fundiendo la estética grecorromana en sus propias imágenes. Basta recorrer el Vaticano para descubrir a Miguel Ángel y a tantos otros tallando a Dios, ángeles y profetas bajo los mismos cánones de belleza: torsos atléticos, rostros armónicos, proporciones divinizadas.

La perfección del cuerpo seguía siendo símbolo de lo sagrado. En los márgenes del mundo conquistado, sin embargo, la espiritualidad tomó un cauce distinto. En Chiloé, la santería popular no se construyó desde la gloria del cuerpo sino desde su derrota. Aquí, las tallas de madera húmeda no muestran héroes, sino figuras quebradas, santos tristes, imágenes que no ofrecen promesa de victoria sino compañía en la derrota. El Nazareno de Cahuach es el emblema: un rostro abatido, como si el universo entero lo crucificara día y noche, un cuerpo destinado a cargar por siempre el peso de los pecados ajenos. No hay armonía ni esperanza de belleza: lo que se erige es un ícono de dolor perpetuo, una austeridad que no redime sino que recuerda la condena.

En ese marco, la preba de los cinco pueblos se convierte en metáfora perfecta. Un grupo de hombres reman hasta sangrar, no por triunfo ni por gloria, sino por promesa, penitencia y sufrimiento. La fuerza física se convierte en sacrificio, en ofrenda para disolver alguna pena o purgar algún pecado. Es competencia, claro, pero se nombra como promesa para mantener su ropaje cristiano. Se niega la palabra “competencia” porque huele demasiado a paganismo griego, a los juegos desnudos de Olimpia. Y, sin embargo, el gesto es el mismo: el cuerpo puesto al límite para agradar a lo divino. La historia de la prueba confirma esa paradoja. Relatan los antiguos que fueron cinco pueblos —Apiao, Alao, Caguach, Chaulinec y Tac— los primeros en disputarse, a remo, el destino de la imagen del Nazareno. Fue Caguach quien venció, y allí quedó el santuario.

Desde entonces, cada 22 de agosto, la memoria de ese primer desafío se repite en el mar: un combate de promesas, no de victorias. Enrique Barría recuerda que “todos los pueblos tuvieron que hacer su aporte: madera, ovejas, cerdos, carne de vacuno, lo que cada campesino tenía, para levantar la iglesia que custodiaría al Nazareno” (2020). La preba no solo fue una carrera: fue también un pacto de comunidad, una forma de sellar la fe en la madera y en el esfuerzo. El protagonista de esa historia no es solo el cuerpo humano, sino también el cuerpo de la embarcación. Las chalupas chilotas, de doble proa y cuadernas de ciprés o coigüe, es a la vez herramienta y símbolo. Como recuerda un constructor de rivera, su construcción mezclaba lo natural y lo labrado: cuadernas cepilladas y cuadernas torcidas al fuego, madera hervida para tomar la forma del mar. Así la chalupa misma parecía un cuerpo trabajado, flexible y resistente como los hombres que lo impulsaban.

Las voces de la tradición lo confirman: Rosa Ester Peranchiguay recuerda que las primeras carreras nacieron en Apiao, y que poco a poco se sumaron las demás islas. Juan Neun Colun agrega que cada chalupa no es del pueblo, sino de un patrón que busca su gente: los remeros dan su palabra, lo acompañan, y al llegar a Cahuach los espera la fiesta, el refugio y la comida. No importa quién llega primero: lo esencial es cumplir la promesa, porque “todos son ganadores”. En esas memorias, la preba deja de ser simple carrera y se convierte en ritual: el remo como exorcismo del dolor, el mar como escenario de penitencia, y el cuerpo insular como ofrenda trabajada por la intemperie. Una vez más, como en la Grecia antigua, la carne se entrega al límite. Pero aquí no celebra la gloria de la vida: con cada palada se recuerda la herida de un pueblo conquistado que transformó la competencia en promesa, y el sufrimiento en fe.

Remo sincronizado, latido insular.

De Olimpia a Cahuach,

el cuerpo sigue siendo devoto 

en Grecia fue gloria

en Chiloé es promesa 

(FUENTE: Foto e Información facebook Insular Arquitectura) 

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